El Coronel
leyó el telegrama una vez. Luego otra. Su expresión no cambió, empero su postura
se quebró por un instante. Tan breve que nadie lo notó. Algo en la rigidez de su
formación rompió las reglas. Se levantó del escritorio y se asomó a la ventana.
Dejó su vista perdida entre el follaje de los árboles y el gris de la noche, su
mente viajó al pasado:
—Confirme la
orden, señor. —Oyó la voz del francotirador, neutra, sin temblor.
—Autorizado.
Proceda. —Le respondió, sin levantar la vista del mapa.
El
francotirador no dudó. El objetivo era claro: un soldado enemigo. Un disparo. Minutos
después el francotirador informa:
—Blanco
eliminado, señor.
El Coronel no
oyó el disparo, se estremeció al saberlo. Un disparo limpio en la noche.
—Bien hecho,
soldado, preséntese a las 0600 para nueva misión.
Afuera, la
madrugada empezaba a disiparse. Giró sobre sus talones y dobló el telegrama con
precisión. A las 0500, todavía retumbaban los morteros. La guerra continuaba. Caminó
hacia su escritorio y de una gaveta saco un libro que en la portada se leía:
Demóstenes Franco, Diario de guerra. (Fragmentos no clasificados).
Lo abrió en una de sus páginas no escritas y relató:
“El pésame no era por la muerte del enemigo. El francotirador lo sabía.
La guerra no admite duelo, sólo reemplazos. No miré el rostro del tirador. No
quise leer la duda en sus ojos. No preguntó por qué. Yo tampoco le di razones.
Pactamos el silencio como se pacta una traición. El amanecer no trae consuelo.
Sólo más órdenes. El blanco de esta nueva misión es un enemigo real. Es un eco.
Una sombra. Una deuda”. Lo cerró y guardó de nuevo. Entonces, tomó una hoja
nueva y escribió con pulso firme:
“Nueva
misión. Objetivo: eliminación inmediata. Coordenadas adjuntas. Proceda.” Selló
el sobre. Lo entregó al oficial de servicio.
Nadie notó
el temblor que recorrió su mano.
¿Hasta dónde es capaz de llegar un hombre, para vengar una infidelidad?
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