abril 23, 2026

IZQUIERDA PROHIBIDA

“Un cuento urbano sobre tránsito, política y relajo dominicano. Entre giros prohibidos y conversaciones nocturnas, Simón y Ada revelan la ironía de un país donde las leyes y las costumbres nunca giran en la misma dirección.”

 


En la penumbra de la habitación, Simón permanecía recostado en su sofá, mirando las noticias de YouTube en la televisión. Los analistas discutían con solemnidad las nuevas disposiciones sobre la prohibición del giro a la izquierda en algunas calles del Gran Santo Domingo. Simón sonrió con ironía: para él no había novedad alguna. El giro a la izquierda es permitido por ley. Lo que ahora llamaban disposición oficial no era más que una franca violación a la Ley 63-17 de movilidad, transporte terrestre, tránsito y seguridad vial.

Con un gesto lento accionó el interruptor del sillón y se incorporó. Caminó hasta su móvil, que nunca llevaba encima, y marcó un número.

—Buenas noches, Ada —dijo en voz baja, como si temiera despertar al vecino.

—Oh, Simón… ¿y tú llamando a estas horas? —respondió ella con desparpajo.

—¿Qué tiene de malo? Usted tiene un hombre debajo de la cama.

—¿Y a usted qué le importa? Deje su frescura, que yo soy una mujer muy seria.

El silencio de Ada cerró el relajo.

—Ya, ombe, está bien… —repuso Simón, con tono de disculpa—. La llamé porque estaba viendo a estos tipos en las redes hablando del giro a la izquierda, y pensé: “Déjame llamar a Ada pa’ chismear un poco.”

—¿Y a usted le sorprende eso, Simón? Yo pensé que se había leído a Chomsky.

—No… ¿quién es ese tipo?

—Búsquelo, que el internet es para eso, no para estar viendo estupideces. Todas esas pendejadas son para entretener a la gente, mantener ocupada la opinión pública mientras, por debajo de la puerta, se cuelan las cosas que de verdad deberíamos debatir.

—De batear la bola bien lejos.

El relajo de Simón crispó a Ada, que le lanzó tres insultos bien puestos.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Que si eso viene del verbo batear —contestó él.

—No, del verbo batir, batir la pu pu… —replicó Ada con sarcasmo, y enseguida lo reprendió—: ¡Deje de hacerse el pendejo!

—Usted está muy prosaica hoy. Con este ya van tres San Antonio. —Ay, déjese de cosas, Simón. Dígame realmente para qué me llamó —dijo, ya molesta.

—De verdad, Ada, te llamé para hacerte ese comentario. ¿Qué tú crees?

—Yo no creo nada, Simón. Salimos de un gobierno que permitía el giro a la izquierda y ahora estamos en uno que prefiere los giros a la derecha. Total, ¿a quién le importa si el gobierno es de izquierda o de ultraderecha? Yo no he visto la diferencia.

—Pues yo sí —respondió Simón, mordiendo la última palabra dicha por Ada—. Unos roban con la mano izquierda y los otros con la derecha.

—¿Y eso hace diferencia, Simón? Otros roban con las dos manos y hasta con los pies.

—Bueno… no sé.

—Entonces para que me llama. Hablamos de eso otro día, Simón. Y a mí no me llame a estas horas para esas boberías. No siga durmiendo de ese lado, que un día de estos le voy a hacer un cuento. Me voy a acostar, bye.

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