¿Recuerdas cuando nos conocimos?
Te esperé sin prisa bajo el árbol
de acacia. Llegaste impregnada de albahaca y petit salé. Bailabas sobre la
acera, y sobre tu rostro caían copos de estrellas; sudor y lluvia se confundían
en tu piel, mezcla de canela y malagueta. Me acerqué a probar tus mejillas; las
encontré un poco saladas. Tú lo notaste y sonreíste. Tu sonrisa encendió la
mecha de mis pretensiones. Ante la tentación, y con resistencia consentida, te
tomé por los hombros y probé tus labios, húmedos y también salados; ni a la
vinagreta hubieran tenido mejor sabor.
¿Recuerdas cómo tu espalda desnuda
se abrazó a la acacia y te volviste tronco y rama?
Te recostaste sobre el árbol, y el
tronco se estremeció al sentir tu cuerpo, regalándote flores que cayeron
formando una alfombra amarilla. No, no era fantasía: todavía recuerdo el sabor
de la salsa tártara que me diste a probar en la yema de tu dedo índice,
incendiando mi paladar desde la garganta hasta el ombligo. No pude resistirme:
lo saboreé todo, desde tu cuello hasta el tobillo. Aquella noche fue un
ejemplar único.
¿Recuerdas cómo intenté deshojar tu
íntima flor, ese refugio húmedo donde la savia corría furtiva?
Me empujaste, y avergonzada
extraviaste la mirada, iniciando una conversación banal para disimular tu
pudor. Yo me hice abeja y picaflor, sobrevolando minucioso cada centímetro de
tu espesura, libando a sorbos el sabor de tu pistilo a medio abrir. Hablaste de
todo hasta que no encontraste qué más decir; callaste por largo rato, y yo, a
propósito, no pronuncié una sola palabra…
Suena tan romántico lo que me
cuentas… y sin embargo, no lo recuerdo.
Del malabarista a la domadora de leones.